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miércoles, 15 de abril de 2015

GALEANO


“La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber”. Con esta frase empieza el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra. Éste es el resultado creativo de un escritor tremendamente lúcido que supo mirar al deporte rey con la clarividencia de un intelectual y la pasión de un hincha. Decía que, como todo uruguayo, le hubiera gustado ser futbolista, pero que, por suerte, la palabra le dio lo que el balón le negó. Así que como modo de expiación, se dedicó a escribir sobre fútbol.

Y traigo a Galeano a esta columna porque esta semana ha fallecido a causa de un cáncer de pulmón. Por eso y porque este remate le debe mucho al escritor uruguayo. Nadie como él interpretó la belleza del fútbol y puso voz al pensamiento de muchos aficionados. Su juicio crítico sobre el devenir de este deporte, la sutileza en el hastío del juego uniforme, el afilado acierto en la definición que le daba a los elementos que componen el fútbol y la defensa de la belleza como expresión del juego porque sí. Todo eso le debemos a Galeano. Y todo eso se lo ha regalado al fútbol. Así que sirva éste como mi humilde homenaje al escritor que, además, nos hizo entender la historia política de América Latina con sus venas abiertas.

Pero el balón no se detiene. Y mientras Galeano consumía los minutos de descuento, el fútbol fue fiel a sí mismo, improvisando el guion a cada instante. Como a él le gustaba. Así, en el estadio del Mediterráneo, el Almería se sacudía los miedos y se imponía con contundencia a un Granada perdido. Sergi, el nuevo amo del castillo, recolocó a Thievy, dio vida a un desterrado Espinosa y protagonismo al músculo de Thomas. Lo demás –cosas del fútbol– no pareció muy distinto.

Como le hubiera gustado a Galeano, el fútbol se permitió disfrutar de su felicidad. Habrá que confiar en que no fuera el destello efímero por la novedad y sí el inicio de una historia de vuelta al placer por el placer.

 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

CERO (ZERO)


La semana pasada nos enteramos por la prensa de que un arqueólogo matemático había encontrado en la profundidad de la jungla de Camboya la primera evidencia escrita del número cero. Lo que resulta curioso es que este dígito tiene “sólo” mil quinientos años. Ni fenicios, ni griegos ni romanos los usaron, y no penetró en Occidente hasta hace apenas ocho siglos. Hoy nos resulta imposible imaginar el mundo sin el número cero y explicar partidos como el que enfrentó al Almería con el Granada sería una iniciativa imposible.

Y no sólo porque el resultado final del partido fuera de empate a cero, sino porque el resumen mismo del partido encuentra razón de ser en la redondez del cero más absoluto. Cero al ataque del Granada, el equipo menos efectivo de toda la liga –sólo ha marcado en cinco de los doce encuentros jugados, y sólo en uno de ellos, en la primera jornada, ha marcado más de un gol–; cero a la línea de creación del Almería; cero a la capacidad de reacción de Francisco, que se dejó dos cambios en la guantera por miedo a que el equipo se le descompusiera; y cero a Ramón Azeez.

El fútbol africano es anárquico, divertido, ruidoso, desordenado, explosivo, dinámico, caótico, imprevisible y físico. Y esa mezcla, a veces te da y otras veces te quita. Desde los años ochenta se viene diciendo que está cerca el día en el que una selección africana llegue a la final de un campeonato del mundo. Los tres lados del triángulo que asegura el éxito en este deporte son la táctica, el físico y la técnica. Con la globalización del fútbol y la llegada de entrenadores europeos a su continente, se contaba con salvar las diferencias tácticas existentes en aquel momento. Y sin ese escollo, su físico sería la mejor arma contra la técnica sudamericana (y ahora también española). Pero las citas siguen cumpliéndose y los equipos africanos permanecen donde estuvieron. Imagino que el fútbol tiene su adn ligado de alguna forma al lugar donde se juega. Y lo mismo pasa con sus jugadores.

 

 
(Traducción de Alejandro Reyes León)
Last week we discovered, by means of press, that a mathematical archaeologist had found the first written evidence of the number zero in the depths of the jungle in Cambodia. It is interesting that this digit is “only” one thousand five hundred years old. Phoenicians, Greeks or Romans did not use it and it did not spread across the Western world until barely more than eight centuries ago. Nowadays, it is impossible to imagine the world without the number zero and explain matches as the one Almería and Granada played would be an impossible initiative.

This is so not only because the final outcome of the match was a goalless draw, but also because the summary of the game finds its raison d’être in the roundness of the most absolute zero. Zero for Granada’s attack, the least effective team of all the league –it has only scored in five out of twelve matches played and only in one of them, during the first day of competition, it scored more than one goal–; zero for Almería’s midfield; zero for Francisco’s reactivity as he did not make two of the substitutions because he was in fear that the team could decompose; and zero for Ramón Azeez
African football is anarchic, funny, noisy, messy, explosive, dynamic, chaotic, unpredictable and physical. And that mixture sometimes gives you something and, other times, it takes away. Since the eighties, it is said that the day in which an African national team will play a World Cup Final is near. The three sides of the triangle that guarantee the success in this sport are tactics, physical strength and technique. By means of the globalization of football and the arrival of European coaches to the continent, the tactical differences that existed at that moment were supposed to be overcome. And without that obstacle, their physical strength would be the best weapon against South American technique (and also Spanish now). But time continues passing and African teams stay where they were. I suppose that football has its DNA linked to the place where it is played somehow. And this is also the case with its players.